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domingo, 26 de agosto de 2012

Novedades + Capítulo 2

Hola
Este es Bruno y es mi personaje favorito ^^
Veo que os deje mucho con la intriga en el capítulo anterior así que decidido ponerlo antes de lo previsto jeje. También he decido poner al final de la entrada cuando voy a publicar y así no estar tanto a la ligera, y sabeis más o menos la fecha exacta. También deciros que he hecho actualizaciones en la página Personajes,ya que he puesto la descripción de Yon y Belinda Di Aloi, Bruno y Mikel García. Más adelante os pondre la descripción de la mala malísima jajaja. Solo puede decir que se llama Michelle.
También si por una casualidad os perdeis algun capitulo os lo voy a poner imagenes que os llevan alli directamente ^^

¿Os gusta la nueva cabecera jajaja? Para l@s que habeis llegado más tarde y ya estaba esta os dejo una imagen de la otra y ya me decis :P

He creado un ask para Valentina que podreis encontrar en la columna derecha (la unica que hay jeje) y podreis preguntar cosas.
Bueno y despues de aburriros mucho os dejo con el capitulo.


Solo podía llorar sobre mi cama. Era una terrible pesadilla, no me podía suceder aquello. No estaría con Teresa. Mi mejor amiga, la única que me conocía de verdad. Mientras era un volcán de sentimientos pero sobretodo muy razonable en estas situaciones. Me gustaría poder llamarla y contarle todo eso ahora mismo porque ella siempre me consolaba, incluso cuando nadie podía hacerlo, ella lo conseguía.
Fue entonces cuando sonaron unos leves golpes en su puerta. Oyó una voz amortiguada:
Valentina... ¿me dejas pasar?
La chica miró su puerta blanca como si pudiera ver a detrás de ella a su hermano. Seguro que estaba mirando el picaporte para saber si ella iba a abrir la puerta. Estaría preocupado porque hasta se le notaba en su voz. Haría sonar sus nudillos como siempre que estaba nervioso.
Álex... ¡Déjame en paz! Tú lo sabías y no me lo has contado. Nos hicimos un juramento de contarnos todas las cosas que nos pasaran aunque fueran muy malas...
Entonces él intentó abrir la puerta mientras decía:
No me he enterado hasta que han llegado los dos a casa. Déjame pasar y lo hablamos.
Siempre usaba ese tono de abogado que había adquirido de su carrera de derecho aunque también tenía tono de notario que había heredado de nuestro padre, era una cosa que odiaba porque parecían dos fríos témpanos de hielo sin sentimientos. Volví a mirar otra vez la puerta y me odié a mi misma porque me dirigí hacia la puerta para abrirla.
En cuanto la abrí Álex, se coló dentro con tal rapidez que cuando me di la vuelta ya me estaba mirando con sus ojos azules. Estaban llenos de culpabilidad, me dije con cierta tristeza. Estaba claro que me lo quería contar pero nuestros padres se lo habían impedido. Comencé otra vez a llorar. Esta vez me abrazó y pude enterrar mi cara en su chaqueta vaquera. Me comenzó a acariciar el pelo como cuando era pequeña y me hacía alguna herida. Últimamente, Álex no estaba en casa y lo echaba mucho de menos pero cuando lo veía sabía perfectamente el motivo. Aunque fuera su hermana sabía perfectamente era bastante atractivo con melena rubia y sus ojos azules. Tenía un cierto encanto inglés que había heredado de mi padre.
No sé cuánto tiempo estuvimos así, abrazados, pero para mí fueron apenas unos instantes. Álex buscó con sus manos mi cara. Me cogió y me obligó a mirarle.
Valen, no sabía esto... Cuando he llegado me he encontrado con esto. Por eso no te lo he contado antes—explicó mi hermano con gran sentido de culpa.
Te creo pero... Es muy fuerte que nos vayamos a vivir a Madrid. No sé... Es como dejar de la vida de nos ha costado tanto hacer por una mierda de decisiones de unos gilipollas.
Álex se separó un poco de mí y me miró con un renovado humor.
¿Desde cuándo hablas tú así?—bromeó mi hermano, consiguió hacerme reír. Por eso le había querido tanto, siempre que estaba deprimida me había animado con humor o si no quería hablar nos poníamos a jugar al FIFA 2012 y me dejaba ganar porque él era muy bueno jugando a este videojuego.
Desde que nos vamos a Madrid—respondí tristemente—. No quiero irme, Álex.
Yo sí, no te jode—al ver mi cara, cambió y se disculpó—.Lo siento pero ¿qué te crees? ¿Qué a mí me encanta irme de aquí para ir a Madrid? Valentina, yo tengo aquí más cosas que tú, dejo a mi novia, mis amigos y el club de surf...
Pero aun así no me dejó de asombrar por una cosa que no me había contado. Le miró con incredulidad antes de preguntar:
¿Tienes novia?
Pillé a Álex de lleno, se enfadó consigo mismo pero no dijo nada. Le obligué a sentarse en mi sillón. Mi habitación era bastante espaciosa, había una cama de matrimonio en el centro, al lado una mesita de noche donde descansaba una novela que me había regalado mi hermano, un pequeño vaso con agua y un flexo. En el lado derecho tenía un gran escritorio donde todavía descansaba el libro de Física y Química, porque había hecho un examen hace dos días. Descansaba en una televisión de plasma con DVD y la Wii. En frente tenía un sillón para cuando jugaba a la Wii o veía una película. En el lado izquierdo tenía mi vestidor con toda mi ropa, mis películas, mis libros y mis CD's.
Cogió un gran cojín de mi cama y me senté al lado suyo. Estaba un poco pálido pero finalmente comenzó a hablar:
Se llama Paola y la conocí en la universidad. Va a mi misma clase y seguro que la conoces. Tiene el cabello negro como la noche y una mirada felina con sus ojos verde ambarino. Es italiana y está aquí de Erasmus—explicó él un poco avergonzado. Le miré con cierto enfado, nunca me había ocultado nada porque yo tampoco se lo había hecho.
¿Cuando me lo ibas a contar?—pregunté apartando mi mirada de la suya. Él suspiró y comenzó a disculparse por no habérmelo dicho pero, según él, todavía no era nada serio. Hacía poco que llevaban saliendo y no quería presentársela a mis padres. Me contó que la quería y tenía miedo por lo que sentía.
Le escuché atentamente pero no comprendía sus emociones porque nunca me había enamorado de nadie, tenía quince años pero era verdad. Todas mis amigas se habían enamorado ya, algunas estaban con sus novios pero otras estaban solas y solo se tenían las unas a las otras. En muchas ocasiones Teresa me preguntaba si veía atractivo a un chico y yo respondía que sí pero nunca había tenido mariposas en el estómago por nadie o me había quedado sin había cuando un chico me sonreía abiertamente. Ella en cambio, ya había tenido tres novios distintos y solo habían estado tres semanas como mucho. Al principio era muy bonito verles porque parecían felices. A la semana, Teresa ya estaba ligeramente enfadada porque iba conociendo mejor a su novio. En la última semana no dejaban de discutir y entonces rompían. Los veía ahora y después de su relación y no paraba de pensar que antes de que salieran mi amiga decía que estaba muy enamorada del chico. Según ella, era el hombre de su vida pero finalmente decía que un imbécil porque no coincidían.
Pero observé atentamente a mi hermano y no es el mismo amor que demuestran sus ojos. Al hablar de ella se le iluminan de una manera especial, como si tuvieran luz propia. Nunca los había visto así con nadie y a lo mejor lo más parecido era cuando estaba conmigo pero tenía un matiz fraternal en ellos. Pero también cuando hablaba de Paola su voz sonaba triste aunque pretendiera evitarlo con algunas bromas, se notaba que la quería mucho pero no tenía más remedio que irse a Madrid y olvidarla. Supuse que me pasaría algo parecido con Teresa pero no del mismo modo.
Cuando finalmente comprendí que no la iba a ver más, también vi el dolor de mi hermano pero el suyo era un dolor bastante más intenso que el mío y lo pasaría peor. Me levanté y le abracé con fuerza. Los dos éramos las víctimas de un cambio de vida que tenían que llevar a cabo mis padres. No era justo que nos llevaran con ellos porque Álex y yo no queríamos ir. Entonces, como si se hubiera encendido una bombilla en mi cerebro como en los dibujos animados, se me ocurrió una idea. Me separé un poco de mi hermano y le miré con una renovada esperanza.
Álex, tú tienes diecinueve años—dije con tranquilidad. Él miró como si me hubiera vuelto loca pero continué—. Lo que quiero decir, es que eres mayor de edad. No tienes que irte a vivir con papá y mamá. Te puedes quedar aquí. Demás no creo que sea tan fácil cambiar de universidad ¿no?
Mi hermano sonrió, pero no era su habitual sonrisa. Alegre sino triste y con gran pesar.
Eso mismo pensé yo pero papá tiene contactos y ya me había cambiado a la Universidad de Madrid. A ti te ha hecho lo mismo, esta mañana ha ido a tu instituto después de salir del trabajo y ya te ha encontrado un buen instituto pero este es privado. Además antes de que me digas que no podemos vender la casa ya te contesto yo porque he preguntado lo mismo. No la vamos a vender, pero si vivimos en Madrid va a ser de alquiler. Esta casa va a seguir siendo nuestra por lo menos.
Le miró incrédula. No me puedo creer que si se lo han dicho esta mañana ya esté todo planeado. Encima voy a ir a un instituto privado. Nunca he ido a uno pero sé que tendré que llevar uniforme y no mi cárdigan con mis vaqueros. Llevaré un jersey que me quedará horrible con una falda a cuadros como sale en las series.
Aunque Álex me ha respondido a la mayoría de preguntas que rondaban mi mente, todavía hay dos que no tengo respuesta. Le vuelvo a mirar y puedo ver la tristeza en sus ojos que a cada momento parece que crece más.
¿Qué va a pasar con María? ¿Y con Toby?
Era incapaz de hacerme a la idea de que María no se fuera con nosotros a Madrid. Era como una hermana mayor. Aunque me sentía muy culpable cuando tuve ese pensamiento, sé que tengo razón, ella me ha cuidado más que mi madre. Ella era como mi otro gran confidente en esta casa de locos y discusiones. También pensé en Toby, era mi Husky y lo quería mucho porque era la primera mascota que habíamos tenido en casa.
No lo sé. Supongo que María se vendrá con nosotros y si la casa es grande Toby también vendrá—pero no sonaba muy convencido.
No me voy a ir si no nos llevamos a Toby—dije con más firmeza de la que sentía en realidad. Encima de que me iban a llevar a la fuerza no pensaba hacerlo sin mi “hermana mayor” y mi perro. Álex me miró con gran admiración pero no me sentía bien. Quería preguntarles a mi madre y mi padre si nos íbamos a llevar a Toby o si María nos iba a acompañar pero no me sentía con la fuerza suficiente para salir.
Me volví a sentar en el cojín. No quería pensar más sobre aquello y me quedé en silencio mientras Álex hablaba sobre otras cosas que apenas oía bien. Entonces se levantó y fue a mi vestidor. Le seguía con la mirada sin saber qué iba a hacer pero no me importaba mucho. Era una sensación extraña. Era como mirar a través de un cuerpo diferente al mío, como si estuviera de turista en mi propio cuerpo. Sentía que debía levantarme y evitar que mi hermano cotilleara por mi vestidor pero mi cuerpo no respondía, me recordé a un enfermo que no mover su pierna por mucho que lo deseara.
Al cabo de unos segundos, salió mi hermano del armario con un DVD en su mano. Intenté ver la caratula para averiguar qué película era pero la tapaba con su cuerpo. Me sonrió al verme pero antes de que le pudiera preguntarle salió de mi habitación. Supuse que iba a por bebidas y palomitas.
Como si de repente mi cuerpo se despertara de su letargo, me levanté y fui a mi vestidor. Tenía que darme prisa porque Álex podía volver en cualquier momento. Miré la estantería de las películas en busca de algún hueco y enseguida lo encontré. Pero no supe qué película era porque había cogido varias a la vez. Sorprendida y enfadada a la vez, volví al cojín esperando a mi hermano. No tardó mucho en llegar pero estaba cómicamente cargado de coca—colas, palomitas y helados. Al verle no pude evitar reírme con unas ganas que hacía unos instantes me habrían parecido imposibles. Fui a ayudarlo y lo dejamos todo sobre la mesa. Por fin me giré hacia él y le pregunté:
¿Qué películas has cogido?
Álex fingió un enfado sorprendido
¡Has mirado tu estantería! No me esperaba eso de ti—a continuación sacó os DVD's y los dejó en mi escritorio. Sólo había cogidos tres. En una salía Sandra Bullock con una caja que contenía un anillo y a su lado Ryan Reynolds con una gran cara de susto. Era La proposición. En la segunda salía Rowan Atkinson en una pose al estilo de James Bond pero no tenía nada que ver porque la película era Johnny English returns. La tercera y última salían Adam Sandler con Jennifer Aniston chocando sus puños, el hombre sonrió pero ella tiene cara de cierto fastidio y al fondo se veía la silueta de una mujer. Era la película Sígueme el rollo.
Cuando terminé de verlas, miré a mi hermano incrédula porque a él no le gustaba nada las comedias románticas aunque a lo mejor por eso cogió Johnny English.
Elige... ¿Cuál quieres ver?—preguntó con una increíble dulzura en su voz. Me puse en dedo índice en la boca. Estaba dudando porque eran tres de mis diez películas favoritas. No sabía cuál escoger pero finalmente por un juego escogí Sígueme el rollo. La pusimos en el reproductor de DVD y nos sentamos con la palomitas y bebiendo Coca—cola.
Estuvimos callados la mayor parte de la película pero al final saltó Álex diciendo:
No hay Dios que se crea esto
Me volví hacia él y le fulminé con la mirada.
¿Cómo puedes decir eso? Es una historia preciosa que se enamoren fingiendo que son un matrimonio...
Álex puso los ojos en blanco y finalmente enarcó una ceja. Una cosa que odiaba porque a mí no me salía.
Si tienes un pivón y una tía con dos hijos... ¡Yo me iría con el pivón! ¡Qué buena está!
Le observé de arriba a abajo estupefacta, aunque me dije que era un hombre. La mayoría de hombres eran así pero lo bueno era que por lo menos lo decía. Pero no estaba dispuesta a que me fastidiara la película.
¡Qué poco romántico eres!
No soy poco romántico—replicó Álex—.Soy realista.
Lo que tu digas pero ¿qué hay de malo en que se quede con ella?—pregunté enfadada.
Él me miró como si hubiera hablado en un idioma extraño.
Hombre, si tienes a una diosa o a Jennifer Aniston... ¡Me quedo con la diosa!
Le miré con incredulidad. Aunque tenía que entender que aunque Álex, en ocasiones, podía ser muy cariñoso seguiría siendo un hombre.
Pero...Y si Jennifer Aniston te quiere y te comprende—mi hermano me observó detenidamente, como si evaluara si aquello iba de broma o definitivamente estaba loca. Creí ver que sus ojos se decantaban más por la segunda opción. Suspiró y empezó a contraatacar:
Imagínate que tienes la oportunidad de estar con...—se quedó pensativo y echó una rápida vista por mi habitación para ver si encontraba algún famoso que me gustara. Paró su mirada en el enorme poster de Mario Casas en Tengo ganas de ti y prosiguió—: Mario Casas y un amigo especial. ¿A quién elegirías?
No lo dudé un segundo.
Si mi amigo especial me hace sentir esas cosas—señalé el televisor—y encima me quiere... ¡Me quedo con él!
Álex me miró sorprendido pero luego bufó:
Mujeres...—como si aquello lo explicara todo.
Dejé de hacerle caso y vi el final de la película mientras me bebía el último culín de la Coca—Cola. Álex volvió a ver la película. Pensé en cómo sería su novia, Paula. Conociendo a mi hermano seguro que sería muy guapa pero para mí sería más importante su carácter. Si fuera amable conmigo y con mis padres, sería una grandísima chica y merecía estar con él. Pero si por el contrario me odiara porque pasaba mucho tiempo con mi hermano...
Meneé la cabeza para quitarme esa idea. Por mucho que la quisiera no nos la presentaría ahora. Seguro que Álex estaría peor que yo porque no tenía a una persona que me iluminara mi oscuro y solitario corazón. Sabía que era extraño pero estaba deseando enamorarme porque nunca me había pasado que quisiera a un hombre que no fuera a mi hermano y a mi padre.
Entonces alguien abrió la puerta y algo entró corriendo directamente hacia mí. Como no sabía que era me intenté cubrir con las manos pero ese algo me lamía la cara.
Abrí los ojos.
Era Toby. Mi querido Husky. Mi Toby lamiéndome. Me alegré tanto de verle que le abracé con gran fuerza. Mi dulce perrito ya estaba en su casa. El Husky me siguió lamiendo y yo acariciándole hasta que me di cuenta de que dos personas reían con muchas ganas. Una, era la suave y transparente risa de Álex. La otra, en cambio, era más baja y contenida. Era María.
Efectivamente, había acertado. Álex estaba en la puerta de mi habitación con María. A mi hermano le caía el cabello rubio por los hombros. Sus ojos tenían lágrimas y su mano derecha cubría su boca. María, por el contrario, sonreía abiertamente. Su cabello negro estaba recogido severamente en una cola de caballo alta y sus hermosos ojos negros como el pelaje de una pantera brillaban de alegría.
¡Ei!—protesté con falso enfado—, no os riais de mí.
Todavía tenía a Toby en mis brazos cuando me reincorporé y le solté. Corrió libre en el suelo y fue raudo hacia mi cama. Álex y María sonrieron.
Se nota a quien quiere este chucho—bromeó mi hermano. Nuestra asistente se giró e intentó, sin gran resultado, esconder una sonrisa. Entonces me di cuenta de que María parecía más joven cuando estaba con nosotros. Pensé que con nosotros estaba bastante más tranquila que con mis padres. Aquella idea fue como si un rayo hubiera cruzado por mi mente y el inminente recuerdo del viaje a Madrid apareciera otra vez.
Mi hermano y nuestra asistente se dieron cuenta de que mi rostro se había ensombrecido. Me aclaré la garganta y pregunté con un hilillo de voz:
María, ¿te vienes con nosotros a Madrid, verdad?
Ella me observó atentamente antes de contestar:
Sí, me voy con ustedes.
Ya no había el brillo de alegría en sus ojos. Aunque lo dijo con pesar no pude evitarlo y fui corriendo a abrazarla. Estaba segura de que mi madre desaprobaría aquel gesto. “No es bueno mostrar esa clase de emociones” decía mi madre con frecuencia pero me parecía una costumbre del siglo XIX.
La abracé con fuerza y con menos dolor en mi corazón. Era mi hermana mayor y me había cuidado más que Cristina. Si era así de forma de ser, y estaba orgullosa, era gracias a María.
Entonces otros brazos nos rodearon a las dos.
Era Álex.
Igual que yo, quería mucho a nuestra hermana. Porque lo era, pudiera ser que no de sangre pero los sentimientos eran más importantes que la sangre. A Álex lo conoció con cinco años y ella tenía dieciocho. Más que nuestra hermana se podía decir que era nuestra madre. A sus treinta y cinco años, se había hecho cargo de dos niños, ser el ama de casa y sacarse una carrera que ignoraba cuál era.
Cuando nos separamos le pregunté:
¿Por qué lo dices con tristeza?
Me dirigió una mirada que era alegre pero a la vez triste con cierta mezcla de añoranza.
Mis padres viven aquí... No les voy a poder ver más.
Sus hermosos ojos que siempre brillaban por cualquier emoción, se había apagado. Aunque nunca los había conocido por su mirada supe que eran buenas personas. Además si había criado a alguien a si de buena...
Intente consolarla:
María... No te deprimas por eso. Siempre puedes venir, tienes derecho a coger el tren y venirte un fin de semana. La distancia no significa el adiós.
Además te podemos acompañar y estar aquí en nuestra casa—intervino Álex desconcertándome. Le miré extrañada y entonces comprendí el por qué. Era para ver más a menudo a Paula. María le acarició a la cara con gran cariño. Pero negaba con la cabeza.
Ay mi Álex y mi Valentina—murmuró con melancolía—, no creo que vuestra madre me dejara un fin de semana libre. Me necesita aunque no me gusta admitirlo.
¡Tienes que tener un mes de vacaciones! Solo porque vivas aquí no quiere decir que trabajes menos, María—protesté.
Mi hermana tiene razón—argumentó Álex. Nuestra asistente le miró con cierto recelo pero sonrió ante una idea que se le pasó por mente.
¿Seguro que no insiste por esa chica de la que me habló?—preguntó María con una sonrisa pícara. Me giré en redondo hacia mi hermano y le fulminé con la mirada a mi hermano. Se lo había contado a ella antes que a mí. No me lo podía creer porque siempre pensé que era el mayor confidente de Álex, por el era el mío pero también María, así que, me dije que no era para tanto pero me sentía dolida.
Chist—exclamó Álex dirigiéndome una mirada de perdón mientras se llevaba una mano a la boca con su dedo índice estirado.
Otra cosa de la que me estoy acordando—dijo María, cambiando de tema—. Su madre me ha enviado a decirles que la cena ya está lista. Hay chuletas de cerdo con patatas asadas y ensalada. Esta vez sí ceno con ustedes.
No quería cenar con mis padres. No quería verlos, simplemente. Ellos estarían más felices que nosotros o eso suponía. Era lo último que iba a hacer en ese momento. Me giré hacia mi hermano y tenía la misma cara que yo tendría. La pobre María había intentado animarnos diciéndonos que iba a cenar con nosotros pero no.
Gracias, María. Enseguida iremos Valentina y yo a cenar—dijo Álex. Abrí mucho los ojos, aquella respuesta era lo último que esperaba de mi hermano. ¿Por qué había dicho eso? Él estaba igual, o más, enfadado que yo pero aun así había dicho que íbamos a cenar. Ella me miró, sonreí y asentí con la cabeza, intentado que no se notara mucho lo que de verdad pensaba.
Nuestra asistente asintió y salió de mi habitación cerrando la puerta tras de sí. Cogí a Álex del brazo y lo llevé hacia el sillón para que no se nos oyera tanto. Cuando llegamos ahí, mi hermano se intentaba zafarse de mi mano pero le aferraba con fuerza.
¿Te has vuelto loco? No pienso ir a cenar con mamá y papá—protesté.
Yo tampoco es que arda en deseos de ir pero quiero comentar lo de poder venir aquí de vez en cuando porque María no les va a decir nada. Mira a lo mejor no lo entiendes pero quiero ver a mi novia todo lo que me sea posible porque el amor mueve montañas—explicó muy serio Álex. Quería zarandearlo y gritarle que por muy enamorado que estuviera su amor no duraría más de una semana pero vi su cara. Sus ojos azules tenían la esperanza de volver aquí aunque solo fuera para un fin de semana. Aunque tenían un matiz diferente también había visto ese brillo en los ojos de María cuando habíamos hablado de esto. Era amor, diferentes tipos pero amor.
Álex, que sepas que solo voy a ir por eso y por María. Voy a intervenir lo mínimo posible, te aviso.
Pero él me abrazó con gran fuerza. Hundí su cabeza en el hombro y aspiré su olor a naranjas y champú. Sonreí porque por mucho que creyera mi hermano siempre seguiría oliendo igual y siendo el mismo.

Espero que os haya gusta este capítulo es un poco más largo pero tiene más dialogo y comentad a ver si hay algo que mejorar ^^
El próximo capitulo lo pondré el martes 4 de Septiembre
Besos

martes, 21 de agosto de 2012

Capítulo 1


Nunca había pensado que unas palabras te podían cambiar la vida. Es decir, lo había oído muchas veces pero nunca me lo llegué a creer. A lo mejor en el caso de que un médico te dijera que una persona querida había muerto pero aquel no era mi caso. Ahora sé lo equivocada que estaba. Ese día iba a cambiar mi vida pero no sabía si para bien o para mal.
El día de aquella noticia me acuerdo que estaba feliz. Venía del instituto con las notas en mi mano y comentándolas con mi mejor amiga, Teresa. Era alta y delgada como el bambú. Su cabello era moreno con mechas rubias naturales. Su rostro, a pesar de tener 16 años, era un poco infantil. Sus ojos eran de un color avellana muy clarito que a mi gusto hacía que pareciera misteriosa. Siempre era misteriosa pero alegre. Excepto en aquel momento que estaba enfadada como si hubiera discutido con su hermano para ver quien fregaba la cocina. Su rostro estaba rojo de rabia y comentaba que cómo era posible que hubiera podido suspender ocho asignaturas. Yo no quería contradecirle pero era difícil que aprobara si no estudiaba salvo para lo que quería. Mis notas en cambio eran bastante mejores que la de Teresa. Había sacado cuatro sobresalientes y todo lo demás notable. Enseguida llegamos a mi casa. Estaba a las fueras de la ciudad pero estaba bastante cerca de mi instituto. Era grande, tenía dos pisos. Había muchas ventanas en la fachada blanca que en los días que lucía el sol tenía un gran brillo. Teníamos unos jardines que estaba rodeados por unas vallas que hacía que las personas que pasaran por aquí no pudieran ver mi hermoso jardín. Había rosales que mi madre cuidaba con gran esmero todas las mañanas. También estaba la caseta de nuestro querido perro, Toby. Cuando pasaba y veía la caseta no podía evitar sonreír para mis adentros porque me recordaba a las películas americanas. La mayoría de las veces Toby corría y se abalanzaba sobre mí pero aquel día sabía que no sería así porque estaba en el veterinario.
Saqué las llaves de mi bolsillo de los vaqueros blancos mientras Teresa se seguía quejando pero ahora no solo del instituto sino de la vida en general. Los llaveros estaban fríos, llevaba un casco de moto rojo con una raya amarilla pero también tenía una vespa amarilla. Siempre pensaba como el casco podía ser más grande que la misma moto. Se despidió de su amiga que ya no estaba roja de rabia ni tampoco maldiciendo sino preocupada por ver como se lo decía a su madre.
Abrí la puerta de la entrada y llegué a mi casa. Pero me sorprendió ver a mis padres y a mi hermano sentados en la mesa de fuera. No es que hiciera frío pero tampoco hacía calor y no me apetecía comer fuera. Aunque me encantaba comer fuera y como estaba de buen humor por mis notas decidí callarme. Dejé la mochila en el suelo y vi que mi hermano estaba enfadado pero lo intentaba disimular mirando hacia otro lado.
Álex era cinco años mayor que yo. Estudiaba derecho pero más de dos veces me había dicho que en realidad quería dedicarse al baloncesto, que era su gran pasión. Su cabello era rubio cenizo y le rozaba por sus hombros. Él era bastante moreno debido al surf que siempre practicaba porque era muy deportista. Pero hoy se le veía pálido. Su rostro era muy anguloso pero cuando me miraba sentía que había cariño. Sus ojos eran azules como el mar que bañaba la ciudad en la que vivía. Llevaba un jersey azul marino que resaltaban sus ojos con una bufanda de un color más claro, sus vaqueros y unas zapatillas Nike con la lengüeta levantada.
Mi madre estaba sentada al lado de mi hermano. Se llamaba Cristina y trabajaba de enfermera en el hospital local. Su cabello pelirrojo estaba recogido en un moño estilo de años veinte que hacía sus facciones más duras. Su rostro era pequeño y duro. Tenía alguna arruga que otra pero aun así seguía siendo bella. Sus ojos eran verdes como las hojas que tenían los árboles al principio de la primavera. Aunque la quería mucho era muy exigente y estaba segura de que no le gustaría mis notas porque siempre sabía que podía dar más de mi misma. Ella quería que fuera una empresaria de gran proyección internacional pero a mí nunca me hubiera gustado aquella idea disparatada, pero no le dije nada. Llevaba un vestido verde de una marca que a mi madre le encantaba.
Mi padre estaba sentado de espaldas a mí. Se llamaba Liam porque era inglés. Sus padres se habían mudado aquí con él cuando tenía 15 años. Conoció a mi madre porque tuvo un accidente de moto y se encontraron en el hospital. Desde donde estaba podía ver como su cabello cano en la coronilla escaseaba a pesar del micro injertos que todos los meses se hacía. Aunque no lo podía ver sabía que estaba mirando con aquellos grandes ojos azules a mi hermano. Sus ojos y los de mi padre eran exactamente iguales salvo que los de Álex eran más dulces que los de su progenitor. Era notario y por eso llevaba siempre un traje con una corbata.
Dejé mi mochila al lado de la mesa mientras me sentaba.
¡Hola!—dije feliz. Mis padres me sonrieron pero mi hermano me miró como si me compadeciera. No entendí por qué en ese momento y por eso no le miré más. Nadie me iba a arruinar ese día. Dejé el folio donde estaban mis notas en la mesa de madera. Mi madre se abalanzó sobre ellas como si fuera una naufrago que no había comido en meses y el folio era un gran manjar. Las observó atentamente y luego me miró a mí con decepción.
Valentina... ¿Qué notas son estas? ¿Solo cuatro sobresalientes y todo lo demás notable de ocho? ¿Qué eres? ¿Una vulgar cajera de supermercado?—dijo mi madre. Su tono de voz tenía un tono de rabia pero estaba cubierto por un frío glacial. Aquello avecinaba una gran bronca. Me quedé callada mientras mi madre me contemplaba con cierto pesar como si hubiera fracasado en mi educación. Entonces intervino mi padre con su voz que siempre sonaba razonable:
Cristina, son buenas notas. Además 3º de ESO es muy complicado y la mayoría de gente le quedan bastantes asignaturas...—se giró hacía a mí y continuó: — ¿Qué notas ha sacado tu amiga Teresa?
Titubeé un poco pero qué razón había para no decir la verdad. Antes de contestar observé a mi madre y me di cuenta de que se enfadaría si decía que le habían quedado ocho porque solo quería que me juntara con la mejor gente del instituto.
Dos, además le ha sido por muy poco...—pero antes de que pudiera continuar mi madre estalló.
Dios y ¿Teresa es tan buena amiga tuya? No quiero que vuelvas a hablar con ella. Por eso has sacado solo cuatro sobresalientes... Te está arrastrando a su mundo de mediocridad. Ya no podrás ser la gran empresaria que quieres ser.
¡Cristina! Deja ya de meter presión a la chica. Está de vacaciones y—le dirigió una mirada que no supe interpretar y su mujer, por primera vez en su vida, se calló. Mentalmente le di las gracias a mi padre pero si mi madre se había callado es que algo malo sucedía. No sería para tanto me dije.
Entonces llegó María, que era nuestra asistente personal. Ella se encargaba de cocinar, limpiar y realizar gestiones para obtener lo que quisiéramos. Llevaba en esta casa más tiempo que yo. Cuando nací ella ya vivía aquí para que la pudiéramos disponer de ella las veinticuatro horas al día. Salió de la puerta principal de mi casa. Su cabello negro estaba recogido en una coleta y llevaba su traje que mi madre siempre exigía que vistiese. Sus ojos negros poseían un brillo que me gustaba mucho y hacía que la gente confiase enseguida en ella. Siempre he confiado en ella y por eso ha sido como una hermana mayor para mí. De pequeña me cuidaba a mi hermano y a mí mientras mis padres trabajaban.
Su rostro parecía triste pero apenas lo vi porque enseguida mi madre le dijo:
Ya nos puedes traer la comida.
Ella asintió y desapareció por la puerta. A mí no me parecía bien que la tratara así porque me recordaba a como trataban las señoras a sus criadas, como si fueran robots y no tuvieran sentimientos. Siempre he intentado que dejara de tratarla así pero nunca lo he conseguido.
Bueno—comenzó a hablar mi padre intentando sacar un tema de conversación—, Álex, ¿qué tal la universidad?
Mi hermano se giró y echó una mirada a mi padre que podía helar la sangre a cualquiera. Estaba claro que algo me había perdido. Álex estaba enfadado pero mi padre hizo como si fuera una rabieta de un niño pequeño.
Hasta ahora bien—dijo secamente. Mi madre se giró hacia él, enfadada pero no dijo nada. Se creó un silencio incómodo que yo no entendía por qué se había causado. Iba a preguntar pero entonces llegó otra María. Estaba vez llevaba una olla que estaba hirviendo, según me pareció. La depositó en el centro de la mesa y abrió la tapa. Era sopa. Mi plato favorito. Sonreí alegremente.
María... ¿quieres que te ayude con los platos y así tardamos menos?—preguntó. La verdad que eso era una verdad a medias porque también quería irme para no soportar aquel silencio incómodo. María miró a Cristina en busca de un gesto de asentimiento o negación. Pero solo obtuvo un encogimiento de hombros que yo tomé por un sí. Me levanté y casi tropiezo con la mochila. Maldije en voz baja pero me arrodillé y la cogí. María me esperaba en la casa. Cuando entré me pareció más silenciosa que nunca porque normalmente había música clásica que inundaban la estancia. La entrada estaba pintada de blanco. En la derecha había un mueble donde guardaban las llaves y papales importantes. Había un espejo y me contemplé como siempre hacía cuando había alguna cerca.
Era alta, en torno al metro setenta, y delgada como una espiga. Según María parecía una modelo pero yo le quitaba importancia. Mis cabellos eran rojos como el fuego que lo había heredado de mi madre. Mis ojos eran verdes pero un poco más claros que los verde esmeralda de Cristina. Mi rostro, gracias a Dios, no era afilado como el de mi hermano o duro como el mi madre. Tenía el rostro con forma de corazón y tenía algunas pecas dispersas. Llevaba un cárdigan negro con un pañuelo rojo, mis pantalones eran blancos y tenía unos botines rojos.
Vamos, Valentina—dijo un poco impaciente María que me esperaba en la cocina. Me giré hacía ella y la seguía mientras le pedía perdón pero ella movió la mano para quitarle importancia mientras decía: —. No pasa nada. Sé que no lo puedes evitar.
Entonces las dos comenzamos a reírnos. Parecíamos dos buenas amigas y en cierto modo era así. Entonces entramos a la cocina. Era bastante espaciosa. Había una mesa en el centro con un cuenco que contenía flores secas. En frente hacía una encimera con un microondas donde estaban ya preparados los vasos con los cubiertos y los platos hondos.
También había un horno y una vitrocerámica que no tenía ni idea de cómo iba. Una nevera color gris acero. Al lado había un lavavajillas y una lavadora—secadora. Cogí los platos antes que lo hiciera María que enseguida comenzó a protestar. Yo salí de la cocina mientras ella se quedaba en la cocina. Me paré y le pregunté:
¿No vienes a comer con nosotros, María?
Me extrañaba bastante puesto que ella siempre estaba presente en las comidas de mi familia por si faltaba algo. Ella negó con la cabeza y señaló un tupper que no había visto antes.
Valentina, sabe que no me gusta demasiado la sopa. Aquí tengo espaguetis que sobraron de la otra noche por si tenía curiosidad. Además sus padres le van a comunicar algo y prefieren que no esté delante cuando lo hagan.
Aquella respuesta me impactó. No esperaba que mis padres me fueran a decir algo tan importante como para que María no estuviera delante. Siempre había estado ahí, hasta cuando sus padres me echaban la bronca por llegar diez minutos tarde de la biblioteca. Ella, al final, se había convertido como una hermana silenciosa para mí.
Decidí indagar un poco más.
¿Qué me han a decir mis padres? Además ¿es tan importante para que no estés delante?
Ella se mordió el labio. Era un gesto que siempre aparecía cuando dudaba. María nunca me había ocultado nada. Siempre me había contado por qué mis padres estaban enfadados o qué había pasado para que Álex no quisiera salir de su habitación. Pero justo en aquel momento no se lo iba a contar y ella respondió con una sonrisa misteriosa pero a la vez triste:
Enseguida lo averiguará.
Me encogí de hombros y volví a salir a la terraza. Mis padres y mi hermano parecían discutiendo sobre algo pero en cuanto me vieron aparecer se callaron. Molesta, comencé a poner los platos delante de cada uno con las cucharas y el vaso. Cuando estaban ya puesto eché sopa a cada plato y Álex llenaba los vasos de agua. En cuanto terminé, agradecí que enseguida comenzáramos a comer. Se notaba que todos estábamos bastante incómodos. Mis padres no me dejaban de echarse miradas que no entendía y solo conseguían ponerme más nerviosa de lo que ya estaba. En cambio, Álex solo murmuraba en voz baja.
Intenté evadirme del mundo y comencé a pensar en Toby. Era un Husky Siberiano de color negro y blanco. Lo compraron hace un año por las buenas notas de Álex y también por las mías. Los convencimos enseguida debido a que María estaba dispuesta a pasearlo de madrugada. Mi hermano al mediodía y yo al anochecer. Lo cumplimos así desde hace tiempo y añoraba acariciarle el pelo cuando estaban sentados en la mesa o darle un poco de pan para que comiera. Siempre era muy cariñoso con ella porque era la que más mimos le daba. Álex, en cambio, solo le hacía de rabiar pero en fondo lo quería mucho.
Bueno alguien se lo va a decir ¿o no?—preguntó su madre devolviéndola a la tierra. Pareció que todos nos sincronizamos porque dejamos de comer a la vez. Miré a Cristina con un gran enfado y no lo pude contener más. Me levanté de la mesa y comencé a gritar:
¡Ya no aguanto más! ¿Me quiere decir alguien que pasa aquí? Todo el mundo se anda con misterios ¿Qué pasa? Cuando he entrado, Álex estaba enfadado...—me miró y él estaba ligeramente sorprendido de mi arranque de ira pero aun así seguía enfadado—Bueno tampoco ha cambiado mucho pero vosotros—señalé a mis padres. Mi madre estaba estupefacta y mi padre mantenía la compostura—, no os habéis dejado de lanzar miraditas que me estaban poniendo más nerviosa de lo que estaba. Encima cuando le he preguntado a María que por qué no se venía con nosotros a comer me ha dicho que me teníais que contar algo pero no me ha querido decir qué y no sé para vosotros pero para mí, María es como una hermana mayor ¿Me puede decir alguien de una santa vez qué pasa?
Al terminar esto y por fin desahogada me vuelvo a sentar. Álex que está en frente mía me da la sensación de que me quiere aplaudir pero no lo hizo por su madre. Cristina estaba y seguía estupefacta, sus ojos verdes la miraban como si yo no fuera su hija pero tuviera la misma cara. Liam en cambio se alegró de que yo sacara el tema. Me miró y comenzó a hablar:
Sé que no te gustará por eso estaba enfadado tu hermano. Esta mañana me han dicho que me tengo que ir de aquí porque lo han querido así. Nos damos a Madrid, tu madre ya ha pedido el traslado. Nos vamos dentro de cinco días...
No reaccioné, no puedo asimilarlo. Aquello es dejar toda mi vida atrás. Mis amigas, mi instituto, mi familia, mi casa,... Noto como mis lágrimas inundan el rostro. Tengo ganas de rebatirles a mis padres, de preguntarles por qué no han impedido eso. Irnos a Madrid, lo había hecho cientos de veces pero no para irme a vivir allí. Abandonar mi hogar porque era una ciudad tranquila de costa sin contaminación ninguna pero la capital era en cambio todo estrés, contaminación y gente. No es que fuera me diera miedo la gente pero sí me entraba mucho agobio cuando la gente estaba muy pegada, sentir los cuerpos de los demás a mi lado solo me ponía nervioso.
Me levanté deprisa y murmurando una especie de disculpa pero puse que mis padres no la entendieron porque me intentaron aferrar el brazo pero yo me deshice de él con gran rapidez. Subí rápidamente las escaleras y me dirigí a mi habitación. Cerré la puerta y me dejé caer directamente en mi cama. Quise romper cosas para intentar desahogarme pero no tenía fuerzas para nada. Solo quería meterme entre mis sábanas y que nada de eso hubiera sucedido. Por un momento pensé que me había dormido y que todo aquello había sido un mal sueño, una terrible pesadilla. No podía irme de aquí, sólo conocía esta ciudad y la quería demasiado como para irme a otro sitio para vivir. La culpa era de mi padre, no entendía porque mi padre lo había aceptado. Siempre había sido uno de los más importantes notarios de la ciudad y su madre también era la enfermera jefe, no podía pedir el traslado así como así. Era una decisión muy radical.

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